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Carlos Maqueda toca una guitarra Paco Santiago Marín XXX Aniversario y usa cuerdas Savarez HT Classic

Entrevista a Carlos Maqueda, El Proyector 88.8 Radio Granada

 

 Pregunta: Abandonaste el Conservatorio cursando los últimos años de Grado Superior ¿Por qué?

 

 Respuesta: Mi camino se fue distanciando progresivamente del academicismo. Nunca fui muy ortodoxo, pero en los últimos años se me hacía insoportable la metodología que suelen aplicar los conservatorios. Con todo y eso, he bebido mucho de los preceptos clásicos que te proponen conocer el gran repertorio universal y ejecutarlo con cuidado y profundidad. Aunque confío en aventurarme a lo que sea, siempre lo hago con un pie en la tradición. Adoro la búsqueda del sonido puro y expresivo, ésto es propio de los clásicos y, a fin de cuentas, ése es mi lenguaje... pero me emociona igualmente la pasión del flamenco, la picardía refrescante del rock o la envidiable soltura con que improvisa un jazzista, considero que la línea con la que los musicólogos separan la música popular de la culta sencillamente no existe.

 

 P: Fue entonces por motivos estéticos, ideológicos…

 

R: No, qué va, ahora lo estoy teorizando, ahora está procesado. En el momento sencillamente me cansé de esa        metodología, me aburría soberanamente enlazar acordes bajo el estricto código de la armonía tonal, o tener que    afrontar otros dos años de coro ¡con esta voz!...(risas). En el conservatorio había que cubrir períodos musicales      que abarcan desde el renacimiento hasta la contemporaneidad, había que tocarlos e interpretarlos bien. Otros        como la Edad Media se estudiaban de forma teórica o a través del canto monódico y toda su evolución hacia            polifónicos como Palestrina. La densidad de la propuesta no permite profundizar como corresponde en cada          periodo estilístico y en sus características estructurales, imagínate en lo esencial. Yo percibí que estaba rodeado de muchos profesores, profesores presentes y futuros profesores, pero de muy pocos artistas. Un mundo interior ampliamente cultivado o la obsesión apasionada de un músico, son elementos que no vi en el conservatorio. Yo, personalmente, detestaba asumir un programa “escolar” habiendo tanta música buena por ahí que merece ser estudiada y disfrutada, pero es imposible bregar con la pereza del que se ha adaptado a un repertorio seguro. Para muchos académicos la guitarra termina en Heitor Villalobos, para mí precisamente con él comienza la música que más me apasiona.


                                   

P: ¿Qué son las Voces del Más Acá?

 

R: A raíz de una lesión, perdí mucha fuerza en la mano izquierda, no era capaz de ejecutar una cejilla (pulsar de forma perpendicular varias cuerdas con el índice de la mano izquierda) en la guitarra. Advertí entonces que en nuestro repertorio habitual hay cejillas por doquier, en cualquier preludio de nada, tarde o temprano, aparecía la dichosa cejilla. Me desanimé bastante pero, afortunadamente, tengo a mis viejos amigos roqueros que recién conocían al guitarrista acústico Andy Mckee. Este buen hombre hacía canciones muy atractivas llevando al         extremo el concepto de open tunning o afinación abierta (que ya se usaba frecuentemente en el renacimiento). Cambiaba la afinación de un gran número de cuerdas para conseguir acordes que sonaban al aire sin necesidad de pulsarlos. Usé ese procedimiento al extremo, primero porque era la única forma de seguir tocando piezas enteras, más tarde porque el recurso me llevó a expresarme y componer un sinfín de canciones en tonalidades impensables para un guitarrista; por eso de ser poco prácticas muchas no se grabaron y otras ni se escribieron. Usé con ellas esa regla de los compositores: escribe primero y analiza después. Fue música muy intuitiva, muy franca, muy desde dentro, y es por eso que al conjunto de las piezas decidí llamarlo Voces del más Acá. Le tengo mucho aprecio a esas canciones, me acompañaron en una época difícil y me enseñaron a estructurar. Ahora, con el tiempo, las considero además un inestimable estudio de resonancias, muy útil para un instrumento de sonoridad frágil como la guitarra.

 

P: Te defines como multidisciplinar ¿y eso?

 

R: Necesito el arte en sus múltiples formas y lenguajes, soy susceptible a su influencia. A lo largo de mi vida he sido muy disperso y me he enamorado mucho de los diversos aspectos de lo creativo. No empecé a valorar la literatura como el tesoro fundamental que es hasta que ya era un chaval, pero a partir de ese momento he sido muy voraz. Entiendo que se puede acallar la ignorancia sólo encontrando el libro adecuado, la literatura nos completa y nos hermana con la historia, yo he llorado de risa recibiendo las vivencias de un señor que existió mil años antes que yo. Al mismo tiempo, creo que la escritura es la mejor forma de exorcizar una pena (y aquí con escritura incluyo a la composición musical, por supuesto). Por motivos que no vienen al caso también tuve que desasnarme un poco en las mal llamadas Bellas Artes (digo mal llamadas, porque no creo en artes mayores, menores, bonitas o feas) y acabé tomándoles aprecio a ellas y a algunos de sus ejecutantes. El cómic y luego el cine son un extraordinario concilio de las artes que ya he mencionado y aportan otro lenguaje neto, fantástico… tampoco sería conveniente prescindir de esa fuente de placer. Hace unos años me picoteó el encanto de la magia y ahí sigo, aprendiendo poco a poco los misterios de un arte singular. Por último, la magia me hizo ver la importancia de manejar bien el lenguaje físico y el escénico y, desde hace poco, curso estudios de teatro para mejorar ese aspecto en mi y en mi música. Yo creo que ya son razones suficientes para definirse monstruo de la dispersión o, bueno, de forma más eufemística, sí, un tipo multidisciplinar.

 

P: ¿Cómo ha influido ese conocimiento en la elección de tu repertorio?

 

R: Muy poderosamente. El mismo hecho de intelectualizar un programa de guitarra clásica no viene de la música. El concepto de premisa, tan importante para un escritor, actor, mago, etc, parece ser ignorado muy frecuentemente por el intérprete de música, A mí me ha servido para llegar a este programa, la premisa era estricta: tocar sólo piezas compuestas en la segunda mitad del siglo XX o en el XXI, contemporáneas pero no radicalmente abstractas, escritas por compositores guitarristas que garantizaran obras idiomáticas y que estuvieran vivos y activos; casi nada. A bote pronto, puede resultar dogmático, pero otras disciplinas me han mostrado que trabajar bajo condiciones severas (en ese sentido) tiene sus recompensas. Encontrar esta música, aprenderla y darle forma es la recompensa. Por otro lado, he concebido el recital como algo interactivo y trato de acercar al público a las obras, explicando un poco lo que va a oír, eso me lo enseñó la magia y presenciar un concierto de Zoran Dukic que fue una maravilla. La sinergia viene de las obras en sí mismas que, falsa modestia aparte en lo que a elección se refiere, están perfectamente compuestas y aportan un conjunto coral muy rico. Hay obras lentas y rápidas, amables y duras, con métrica regular y no, hay lenguaje tonal, atonal y modal, hay referencias literarias al folclore africano que retrata Leo Frobenius o a los cuentos lúgubres de Poe en un empleo casi descriptivo de las músicas, hay nombres como Brouwer, Assad o Bogdanovic, hay arpegios, acordes, escalas, ligados, stacattos, armónicos, rasgueos, tamboras, pizzicatos Bartok, afinaciones abiertas, hay de todo lo que debería fascinar a un melómano.